La Persona Indicada
Nothing compares to when you call me...
~ La Persona Indicada ~
“Tiene que funcionar, tiene que funcionar”. Estaba decidido a hacerlo. Se lo había repetido… ¿unas diez, veinte, cien veces? Miguel había tenido su oportunidad, pero no quiso escucharlo. Él era así. Evadía las cosas. La cantidad de veces que le había encajado un beso mientras volvían en el taxi a la salida del antro del que sea que estuviesen volviendo, borracho y arrastrando las palabras. Jurándole que no sabía lo que hacía: “Vos sos mi mejor amigo, Juan. Te doy besos porque así me gusta demostrártelo, no porque sea puto. Los amigos tienen que ser más cariñosos, así, como vos y yo”. Y claro, se dejaba. Juan si era puto y le encantaba su mejor amigo. Nunca se lo había dicho, pero aprovechaba esos momentos de calentura ebria.
Hubo veces en los que intentó insinuarle si recordaba lo que había pasado en todos esos viajes largos en el taxi o en el colchón usado de dos plazas de la abuela de Miguel; se lo habían quedado cuando la mandaron al psiquiatrico, tenía unas manchas percudidas, amarillentas. “Seguro la vieja se meaba, que asco”, pensó Juan al ver las manchas. Pero no se lo dijo a Miguel. Se acostaba igual sobre aquel colchón y dormían abrazados toda la noche, y podía sentir como se le acercaba y con sus brazos atraía su cuerpo cada vez más hacia él. “Tranqui, no te voy a confundir con una minita”, le decía mientras hundía su cara y nariz en la nuca y en los pelos despeinados de Juan. Él se lo permitía y tenía que esconder su erección con una de las almohadas que sobraban. Siempre había almohadones de más, la abuela era fanática. Los coleccionaba, según Miguel, y a veces, se dormía oliéndolos. Los ponía sobre su cabeza y la encontraban así, tirada en la cama con el almohadón sobre la cara a mitad de la noche. Sus ojos permanecían abiertos debajo, parecía muerta, en trance. Según decían los padres, estaba senil. A veces la escuchaban arrastrando los pies, y otras, sentían rasguños largos y chirriantes a través del techo. Había perdido las uñas al pasar los años, no le crecían, las había desgastado de tanto tratarlas como si fuesen un pedazo de lija. Incluso hoy en día Juan podía ver las marcas que había dejado en el suelo de madera vieja y húmeda - casi podrida -, marcas de largos rasguños oscuros y profundos. Podía imaginar a la abuela con sus dedos vendados y ensangrentados, olfateando sus viejos almohadones y hablando a los rincones oscuros de aquella habitación, cuando nadie la veía.
Así y todo, les encantaba estar ahí. Lo primero que hizo Miguel cuando desterraron a su abuela al asilo, fue mudarse a su habitación en el piso de arriba. Sus padres no entendían por qué, pero habían desistido en entender a su hijo hace ya mucho tiempo. En esas noches en las que dormían abrazados, Miguel expulsando el típico olor a alcohol de borracho, casi etílico, de la boca, Juan hacía fuerza antes de dormirse para levantarse antes que él y poder verlo dormir. Lo hacía porque era el único momento en el que creía verlo tal cual era, sin pretensiones, sin máscaras, indefenso. Los ojos detrás de los párpados se movían y Juan se preguntaba con qué soñaría. Si se sentía envalentonado por la resaca, rozaba con la yema de los dedos su brazo lleno de pequeñisimo pelitos rubios, hasta llegar a sus dedos largos y flacos y los dejaba ahí, su mano sobre su mano. Una vez, Miguel había abierto los ojos como si hubiese estado esperando el momento exacto en el que Juan aprovechaba esos lapsos de soledad juntos. Se miraron a los ojos, Miguel se rió y no dijo nada más, le dio la espalda y siguió durmiendo. Y así continuaban. Eran incontables la cantidad de veces que Miguel se había masturbado bestialmente frente a él, invitándolo a participar. Pero a Juan le daba vergüenza, se acobardaba. Además, no quería que se diera cuenta de que verlo a él era lo que lo haría excitarse como le pasaba a su amigo al ver las tetas rebotar a través de la pantalla de la computadora.
Mucho antes de todo esto, a años luz de lo que estaba a punto de hacer, pensaba que lo odiaba. Que lo resentía porque nunca se había animado a decirle la verdad, lo que tanto escondía. La verdad, según él, era que Miguel tenía sentimientos recíprocos, y que todo eso de salir y comerse a todas minitas haciendo competencia con sus otros amigos era una gran mentira, una pantalla. De todos modos, nunca había sido una opción para Juan hablarle de sus sentimientos. Lo único que podía generar era una distancia absoluta entre ellos; y ellos nunca se habían distanciado. No se habían distanciado cuando Miguel estuvo a punto de abandonar el colegio, ni se habían distanciado a pesar de la cantidad obscena de veces que Miguel notaba a Juan observarlo detenidamente cada vez que se sacaba la remera o se desnudaba antes de ducharse. “Lo sabe, lo sabe y no le molesta. Le gusta saber que me calienta.” Ese pensamiento se tornaba cada vez más insistente en la mente de Juan. Pero, ¿si tan solo era su imaginación, sus ganas de que Miguel sienta lo mismo? Mientras más sumido en sus pensamientos estaba, más entendía la razón por la cual había sido él quien trajo a colación lo de la cueva.
~ La Cueva de Verónica ~
Todos en el curso, en todo el colegio, las maestras, la directora, la vice, todos y todas, sabían de la cueva… y de Verónica. No era algo de lo que se hablara abiertamente. Más bien, era de esos temas que se hablaban en susurros finos que se arrastran desde las escaleras hacia los pasillos del colegio, escaleras frias y oscuras, en las que se mencionaban las cosas que no se hablaban en voz alta… si el aborto había salido bien o si todavía el pibe seguía adentro; si seguías vomitando o saltándote las comidas; si tus viejos o algun profesor se había enterado de lo que hacías en los baños o en las aulas, después de clases… Todas las cosas que los mayores no quieren escuchar y que los chicos escondían. En esas escaleras, convocaron el recuerdo de Veronica. La gran leyenda urbana del pueblo que nadie la había vuelto a ver. Aun así, la desenterraban, convirtiéndola en un fantasma que, al igual que el viento, era arrastrada por los susurros.
“Dicen que si te encerras en el baño, ese que esta atras del salon de actos en el subsuelo, te miras al espejo y decís su nombre 6 veces, aparece atrás tuyo con una llave inglesa y te persigue hasta sacarte todos los dientes, como lo hizo con sus padres”, decía una de las chicas en la ronda de la cual formaban parte Miguel y Juan. “¡Pero, dejá de decir pavadas! ¡Les sacó los dientes con una pinza, de esas que son bien gruesas! Y sus padres no fueron sus únicas víctimas. Se rumorea que la primera fue un nene de jardín. Ese chico… Marcos… el chico que desapareció.” “Algunos dicen que la vieron a ella llevándolo de la mano a la salida de la escuela.” Los rumores continuaban como el sonido de insectos desesperados. Ninguno quería aceptar que la historia de Verónica les ponía los pelos de punta. “Y, ¿por qué eso de que te saca los dientes?”, preguntó Miguel. Hubo un silencio, hasta Lucía (su gran amor) dijo: “Nadie sabe bien, pero una vez apareció en la escuela con un collar hecho de dientes. Mi mamá escuchó de otras madres que eran dientes humanos, nadie supo realmente de dónde los sacó… y más tarde, pasó lo que pasó.” Lo que quería decir es que más tarde Victoria había agarrado la pinza - o la llave inglesa- del sótano de su casa, se escabulló en la pieza de sus padres en la mitad de la noche, y mientras dormían, les quitó uno a uno sus dientes. Juan, quien había estado calladito durante toda la conversación, esbozó con una voz suave, pero decidida: “Dicen que nunca se fue. Que sigue acá en los alrededores del pueblo y que la casa, a lo lejos parece una casa vieja de madera al costado de la ruta, pero que cuando te vas acercando, se puede notar el color marfil gastado de los huesos que componen la estructura. También, dicen que no se sabe con exactitud dónde está la casa, aparece en diferentes lugares, como si diera saltos.” “Bueno, eso ya es too much”, dijo otra de las chicas que formaba parte de la ronda. “¿De qué cuento pedorro sacaste eso, Juancito?”, le preguntó Miguel generando una carcajada grupal. “Me lo contó tu vieja anoche”, le respondió Juan. Y de repente los pasillos fríos y silenciosos de aquél colegio se llenaron de risas chillonas que una a una se iban cubriendo, rebotando y viajando junto a ecos ahogados.
Volviendo en colectivo a sus respectivas casas, Miguel había quedado obsesionado. Le insistió por un largo trayecto a Juan para que le contara que más sabía sobre aquella chica. Entonces, hizo memoría y empezó…Recordaba que lo que había escuchado sobre la casa de huesos era cierto, bueno, casi cierto. Su madre nunca bromeaba sobre esas cosas y el caso de Victoria la había traumado. Lo que esa niña había sido capaz de hacer desconcertó a todos, en especial a los padres. Muchos de ellos tenían miedo de que sus hijos se despertaran en la noche, enojados por algún reto o alguna discusión a la hora de la cena, tomaran un cuchillo de la cocina y los descuartizaran mientras dormían bajo la luz de la luna. Muchos padres cerraban con llave las puertas de sus cuartos durante la noche. Los de Juan lo habían hecho por un tiempo. Él era más chico, pero aún así los padres actuaban como si estuviesen aterrados. Hasta que un día simplemente dejaron de hacerlo. Con el verano a la vuelta de la esquina, recordaba las palabras de su madre en una de esas largas y susurrantes llamadas telefónicas entre vecinas: “... se había ido, se había ido en la mitad de la noche con los dientes de sus padres. Estuvo vagando por la ruta de tierra que rodea el pueblo recolectando huesos de animales y jamás se la volvió a ver. Esto fue hace diez años, Marisa. Hasta hace uno o dos, algunos dijeron ver a una chica alta, andrajosa, con pelo largo y oscuro sobre su cara, y su piel blanca cubierta de tierra o alguna sustancia oscura, como brea. Nadie sabe quién es, muchos dicen que es Verónica y que volvió, y que esa pequeña choza de maderas gastadas color marfil, está en realidad hecha de los huesos que se pasó recolectando al costado de la ruta todos estos años. ¿Vos entendes lo que eso significa? Si esa chica volvió o nunca se fue, quiere decir que este pueblo de mierda está condenado, nuestros hijos no estan a salvo. Nadie lo está.” Juan se detuvo por un momento, mientras contaba todo esto no apartaba los ojos de la ventana, parecía perdido en los pastizales que se extendían a su lado de la ruta. Siguió: “Otros piensan que es una bruja. Nadie sabe si es Victoria, realmente. Creo que no saber los hace sentirse más asustados, porque no saben realmente con lo que tratan. Las chicas más valientes del pueblo suelen ir a verla para que las ayuden a perder embarazos, otras iban por algún gualicho; mujeres adultas iban en busca de alguna poción para ponerle a los maridos en las comidas berretas que les preparaban para darles dolor de panza: una deliciosa-pequeña venganza.” Con una risita en el medio, Juan remató diciendo: "La mayoría boludas como vos, Migue. Quieren enamorar a alguien que no les da ni bola.” Por dentro, su pecho le dolía. “Necesitamos encontrar a esa bruja. Ella me va a enseñar a como hacer para que Lucia guste de mí”, ignoró la burla de Juan. Él seguía viendo a través de la ventana del colectivo los caminos de tierra, llenos de árboles a la lejanía. Se preguntaba si lo hacía para ver la casa de Victoria, la bruja, o quién fuese. No quería escucharlo más a Miguel, no quería escuchar sus idioteces de gualichos y brujerías, mucho menos quería escuchar sobre su enamoramiento con Lucia. Pero, era su amigo y lo amaba. Por más de que todo lo que escuchaba le doliera, por más de que todo lo que Miguel hiciera con él lo confundiera, por más de que se sintiera usado, no podría apartarse de su lado, no podría dejarlo solo. Aunque no lo necesitara, sentía que era lo que debía hacer, o lo que quería hacer. Sabía muy bien que tendría que acompañarlo a buscar la cueva.
Se encontraron a mitad de la noche en la plaza que desembocaba en la salida del colegio. Ambos con mochilas y linternas que no serían necesarias. La luna brillaba más que nunca, como un hueso sacado de un envoltorio; como si la noche fuera la muerte y la luna su regalo. Emprendieron su camino por el sendero de tierra principal que conducía a la salida del pueblo. Ya sobre la ruta, la luna seguía iluminando y sus sombras les pisaban los talones. Habían perdido la noción del tiempo, pero habían estado caminando un largo rato. El campo a ambos lados de la ruta se extendía como un desierto, pero un desierto oscuro, como si el sol hubiese dejado de existir, y los pastizales solo conocieran frío y luz blanca. Iban sin hablar. De vez en cuando sus cuerpos se rozaban y se golpeaban mutuamente por el cansancio. Ninguno lo diría, pero esos pequeños roces eran el recordatorio de la existencia de cada uno, y esa existencia los hacía sentirse un poco más en casa, a pesar de la lejanía y de la vasta penumbra que los rodeaba. No vieron ningún auto pasar; lo cual les resultó extraño. “Tal vez no quieren iluminar a la bruja con los faroles delanteros”, dijo Juan. De repente, vio un bulto entre los yuyos que se acumulaban al costado del camino. Mientras más se acercaba con la linterna, podía ver la forma de una mujer escuálida, en cuclillas con las extremidades largas y estiradas sobre un animal descompuesto. Tenía un cuchillo en la mano. Estaba desmembrando el cadáver de cuatro patas, separando los huesos del envase. Miguel, quien se mantuvo en silencio hasta que un suspiro de sorpresa se desprendió de sus labios, lo hizo despabilar de su ensoñación. Juan miró en la misma dirección. Detrás suyo ya no había rastros de aquella sombra entre los yuyos, de esa extraña alucinación. A lo lejos, entre los pastizales medio altos y los árboles que salían del suelo y crecían de la tierra como brazos multiformes, estaba la choza de madera de marfil gastada, la cueva hecha de huesos. Estática y eterna, como si los hubiese estado esperando todo este tiempo. Un pequeño sendero de pasto gastado se extendía hacia ella. No eran los primeros, ni serían los últimos en visitar la cueva. Con su puerta y sus dos ventanas a ambos lados, parecía una calavera gigante olvidada en medio de la extensa llanura. Mientras más se acercaban, más creían que la casa desaparecería frente a sus ojos, como si - a diferencia del desierto - los espejismos de los campos y los bosques fuesen chozas deformes y casas torcidas y vacías como un ataúd profanado.
Ya en la entrada de la casa, notaron lo que parecían finas falanges despellejadas colgando del techo sobre la puerta, como si de un llamador de ángeles se tratara. Juan pensó que un llamador de ángeles hecho de huesos no podría albergar ni traer nada bueno, solo demonios. La puerta se abrió ante ellos. Luz tenue emanaba desde adentro. Una figura macilenta, de pelos oscuros y desprolijos que se fundían en la negrura, como si los mismos se extendieran en un enorme halo de oscuridad infinito, se encontraba sentada con los brazos delgados, al igual que alfileres, estirados sobre la mesa. La poca luminosidad, provenía de unas velas casi gastadas en algún rincón, justo detrás de aquella figura. “Acérquense”, dijo la voz. De repente, todo en ese lugar pareció haber estado hecho de huesos, las paredes, los techos, incluso la voz, que era fría y hueca. Se habían adentrado en la boca de la calavera, y esta los iba a comer. Miguel y Juan, se acercaron lentamente. No llegaron a decir por qué razón estaban visitandola. Posó los ojos en Miguel y dijo: “Está bien, la vas a conseguir. Pero, vas a tener que hacer algo que no te va a gustar mucho.” “Voy a hacer lo que sea”, reparó Miguel quebrando la voz. “Vas a agarrar un serrucho y te vas a cortar el dedo gordo del pie que más te guste. Lo vas a meter en un vaso y lo vas a llenar de vinagre, y te lo vas a tomar”, dijo la figura sin titubear ni quebrar una palabra y se río. La visión de los chicos ya se había acostumbrado a la oscuridad, tanto que Juan logró ver el collar de dientes colgando de aquél cuello escuálido y esbelto de clavículas puntiagudas. Las manos estiradas sobre la mesa no tenían uñas al final de los dedos, lo cual le recordó a los dedos mutilados de la abuela de Miguel antes de que la mandaran lejos. “¿Quién sos?...¿Qué sos?”, preguntó Juan. Miguel lo agarró del brazo y sin decirle una palabra lo arrastró fuera de la casa. Una vez fuera, los chicos siguieron su camino sin mirar atrás. El único sonido que se escuchaba en el medio de la noche, era el de sus pasos y la risa hueca que salía de la cueva-calavera Una risa fría, llena de insectos y erosionada, al igual que se erosionan los huesos y, con el tiempo, se vuelven arena.
Cuando cruzaron la puerta de la casa de Miguel, tuvieron que sentarse sobre el sillón del living para calmar los espasmos. No se habían dado cuenta, pero habían corrido todo el trayecto de regreso. Estaban exhaustos, pero intentaron no hacer mucho ruido. No querían enfrentar las preguntas de padres enojados, o peor, preocupados. Más tarde en la cama, acostados sobre las manchas oscuras, Miguel hundió la cabeza sobre la almohada. No necesitaba decir nada, Juan sabía muy bien lo que sentía porque también hundía la cabeza sobre la almohada cuando pensaba en su mejor amigo.
— “Entendiste bien lo que tenes que hacer, ¿no?, preguntó Juan.
— “Vos estás loco? ¡No pienso cortarme un dedo, enfermito!
— Yo lo haría. Por la persona indicada, lo haría.
Al rato, Miguel se había dormido. Juan se puso de costado y lo miró detenidamente. La luz de la luna, que entraba por la ventana, iluminaba su piel blanca y brillaba de una manera extraña, como nunca antes lo había hecho, como si a partir de esta noche algo hubiera cambiado para siempre. Miguel jamás podrá verse a sí mismo de esa manera, pensó. Como le gustaba robarle esos momentos de intimidad. Juan observó sus pies y recorrió, muy detenidamente, cada uno de sus dedos, preguntándose a cuál de ellos extrañaría menos. Tenía que funcionar.



Estoy asustado y caliente